Carmen Amaya, José Hierro y César González-Ruano

José Hierro le dedicó un poema a Carmen Amaya, inspirado en la fuente que se inauguró en su nombre en Barcelona, en febrero de 1959.

El poema tiene el encabezado «A César González-Ruano, restituyéndole lo que tomé prestado de uno de sus magistrales artículos».

La fuente de Carmen Amaya

No el mar, sino esta fuente junto al mar.
Y la ciudad, detrás. (Qué importa la ciudad.
La ciudad era tiempo: primero, Roma y sus murallas,
y sucesivamente, peces de barras rojas en el lomo,
rejerías y ojivas, el poderío de las naves
de la Corona de Aragón.
Más tarde, un diálogo de humos).
La ciudad era un diálogo de aguas
—la fuente, el mar—; la vida, un diálogo de aguas,
una chiquillería desnudita y morena.
Y un griterío, un amontonamiento
en aquel aire cálido.
Y olor a hogueras, que no tienen tiempo.
Y nada más que ojos oscuros
para mirar, mirar, mirar…
Esto ocurría en lo que llaman,
los que no son de nuestra raza, pasado.

De noche me acercaba a las olas.
Las olas no ocultaban ruiseñores
como el agua del cántaro que yo apoyaba en la cadera.
De noche, entre las olas, de cara al tiempo congelado,
sonaba el mar a hojas de otoño, pisoteadas por los pájaros.
Ceñía mis tobillos de diamantes.
Allí era el reino del vaivén, del ritmo,
de lo eterno acunado. El mar tampoco,
como si fuera de mi raza, se encadenaba al tiempo.
Sonaba en mis oídos el ruiseñor del agua de la fuente,
oía los rumores del mundo. Mi sangre era el mar mismo.
Me contagiaba de su movimiento.
Me enseñaban sus olas a no morir jamás.
Lo sin tiempo es la muerte. Y aquello, el ritmo,
el tiempo vivo, pero detenido; algo que no conoce
ni principio ni fin, que no parte ni llega.
Era el mar y la fuente junto al mar.
Y entre los dos estaba yo.

Igual que ahora, nuevamente unidos.
Cuántos racimos de años habrá exprimido el mar.
Por cuántos sitios —horas y lugares, qué sé yo—, lo que dicen
países, he llevado el centelleo de la espuma,
el oleaje de la llama…
Es posible que yo parezca diferente.
También quizá la fuente parezca diferente a los demás.
Yo no lo sé. Juntos estamos el mar, la fuente, yo.
Vinieron las autoridades,
artistas, periodistas, gentes que leen mi nombre en los periódicos.

Me dijeron que era mía la fuente
(cómo podían darme lo que era mío, mi vida, el mar, las nubes).

No pudieron matar mi vida, restituirme al tiempo,
cuando hablaban y hablaban del ayer, la gitana
de Somorrostro, y otra vez aquello del arte y de la gloria,
y más palabras sin sentido
que siguen pronunciando mientras me acerco hasta mi fuente,
y adorno mis muñecas con sus helados brazaletes,
y humedezco mis sienes, mezclo sus aguas con mis lágrimas.
Porque ahora pienso que he olvidado el cántaro,
y la tarde se queda sin ruiseñor que la ilumine,
y tengo miedo de volver sin agua,
y yo no sé dónde está el cántaro y mi madre me va a reñir
porque a ver cómo vamos a guisar,
a lavar la ropita de los niños…
Y yo no sé qué le diré para que pueda comprenderlo.

en Libro de las alucinaciones (Editora Nacional, 1964)

César González-Ruano le dedicó un sentido artículo en La Vanguardia el 20 de octubre de 1959:

Y también un par de artículos póstumos en ABC (20-11-1963, 19-11-1964) y Blanco y Negro (23-11-1963) en 1963 y 1964.

En febrero de 1959, al final del espectáculo benéfico organizado por Carmen Amaya en el Palau de la Música para construir un nuevo Hospital-Asilo de San Rafael, César-Ruano condecoró a Carmen Amaya con la Medalla de Oro concedida por el Círculo de Bellas Artes de Madrid (foto de Postius).

César González-Ruano y Carmen Amaya en el Palau de la Música en 1959.

Deja un comentario